Así como les conté la historia de la damajuana llegó el momento de otro protagonista de la cultura del vino argentino, el pingüino de vino.
Esta simpática “jarra” es una de las imágenes más reconocibles de la gastronomía popular argentina. Generalmente de cerámica vidriada con forma de ave, diseñada para servir vino en cantinas, bares y mesas familiares, tuvo su auge entre las décadas del 50 y del 70, cayó en desuso y hoy vuelve a aparecer en bares porteños y del interior del país. ¿Qué hay detrás de ese regreso?

¿De dónde viene el pingüino de vino?
El origen del pingüino de vino no está del todo documentado y genera cierto debate entre quienes estudian la cultura vinícola argentina. Una de las versiones más extendidas sostiene que el diseño fue elegido porque la figura del pingüino —erguida, con el blanco y el negro bien definidos— recuerda a un mozo de cantina con su uniforme.
Otra teoría, que menciona el colega blogger y comunicador de vinos Fran González, apunta a la inmigración italiana de la década del 30 como vector de introducción del objeto.
Lo que sí está claro es su función original: resolver de manera práctica el servicio del vino en espacios donde manipular una botella completa resultaba incómodo. La jarra de 1 litro —aunque hoy se consiguen versiones de menor capacidad, desde cuarto de litro— se adaptaba bien a la mesa chica y al despacho rápido. Antes de que el pingüino se impusiera, se usaban jarras con manija de mimbre; en algún punto impreciso, la figura cerámica desplazó a esa alternativa y se popularizó masivamente.
El éxito del diseño llevó a intentar replicarlo con otras formas: patos, elefantes, incluso un Cupido. Ninguna prosperó.

El declive: la ley de fraccionamiento en origen
El factor que más se menciona como detonante del declive del pingüino de vino es la ley de fraccionamiento de vinos en origen, sancionada en 1984. Hasta entonces, las bodegas enviaban vino a granel hacia grandes ciudades como Buenos Aires, Rosario y Córdoba en envases de entre 520 y 200 litros, y los comerciantes locales se encargaban del fraccionamiento.
Ese sistema hacía al pingüino indispensable: era el recipiente de servicio natural en cantinas y bares que recibían el vino a granel.
La nueva legislación exigió que el fraccionamiento se realizara en la zona de producción. Con eso, el modelo de distribución cambió, la botella sellada ganó terreno y el pingüino perdió su razón de ser práctica.
El regreso: calidad, estética y nostalgia
En los últimos años el pingüino de vino volvió a aparecer en bares y restaurantes, pero en un contexto diferente. Ya no se trata de un recipiente para vino a granel de procedencia incierta: hoy se usa para trasvasar vinos de calidad desde la botella, ya sea por una decisión estética, por practicidad en el servicio o porque el establecimiento trabaja con vinos de bag-in-box y quiere presentarlos de forma más atractiva en la mesa.
Ese cambio de contenido es significativo. El pingüino sigue siendo el mismo objeto, pero lo que lleva adentro ya no es lo mismo. Y esa combinación de nostalgia con calidad es, en parte, lo que explica su vigencia.

El objeto también ganó versatilidad: se usa para sangrías en verano o para preparar vermú en cantidad y compartirlo en la mesa. Es, en ese sentido, un recipiente social.
Una advertencia que vale la pena mencionar
La practicidad del pingüino —fácil de recargar, cómodo de pasar— puede llevar a perder la noción de la cantidad de vino consumida. No es un dato menor en un contexto en el que el consumo responsable es parte de la conversación actual sobre cultura del vino.
Más allá de su función, el pingüino de vino condensa algo de la historia del consumo de vino en Argentina: una época de mayor presencia del vino en la mesa cotidiana, de cantinas con mantel de papel y litro en el centro, de un vínculo más informal y menos especializado con nuestra bebida nacional.
Su regreso no implica volver a ese modelo, sino recuperar parte de esa cultura de mesa a la que se le suma hoy una mayor conciencia sobre lo que se está bebiendo. Salú!



