La semana pasada les conté sobre los cuatro días recorriendo bodegas de Neuquén y Río Negro en el marco del #LaCuevaVisitaPatagonia organizado por Fernando Musumeci. Y hoy, unos cuantos días después, me parece oportuno hacer un repaso por algunos emergentes que fueron decantando como conclusión.

Muchos vinos, muchas conversaciones y algunas ideas que vale la pena ordenar.

Un territorio chico que pesa más de lo que dicen los números

La Patagonia vitivinícola ocupa poco espacio en el mapa nacional. Neuquén representa el 0,7% de la superficie implantada del país y Río Negro el 0,6%, según el último relevamiento del INV. Juntas no llegan al 3% del total. Pero los números de hectáreas cuentan una parte de la historia; la otra la cuentan los vinos.

Lo que también vale señalar es que dentro de ese territorio hay diferencias que los vinos terminan expresando. Probamos vinos de distintas localidades —del Alto Valle y de Neuquén— y aunque podían ser de la misma provincia, algo en la copa los distinguía. No eran diferencias abismales, pero estaban. Suelos distintos, distancias a la cordillera, comportamiento del viento: esos matices existen, y los productores que los conocen tienen ahí un argumento que vale la pena comunicar.

La identidad de origen, cuando es genuina, es un activo.

El pinot noir como variedad de referencia

Parece una obviedad pero los datos lo respaldan. Según, otra vez, el INV, Neuquén concentra el 12,4% de la superficie nacional de pinot noir, con 239 hectáreas, y Río Negro el 5,8%, con 113 hectáreas. Entre las dos provincias reúnen casi el 20% del total del país, siendo las más relevantes después de Mendoza. El propio INV reconoce que el pinot noir de la Patagonia “ha encontrado toda su expresión” en la región.

En las visitas esto se confirmó en cada bodega. En Schroeder, que sigue siendo una referencia dentro de la variedad; en Chacra, con viñas viejas que le dan otra dimensión al vino; en Agrestis, donde el pinot es la base del 80% de los espumosos que elaboran.

Vinos de bodega y vinos de terroir

Una distinción que se fue haciendo evidente a lo largo del viaje. Hay proyectos que trabajan con escala, con tecnología, con una lógica más industrial —y no lo digo como crítica—. Y hay otros, sobre todo entre los productores más chicos, donde el viñedo manda. La finca de Marcelo Miras, Ribera del Cuarzo, los pequeños productores que cerraron los días 2 y 4 en Mabellini: todos apuntan a esa dirección. No siempre con los mismos resultados, pero con una intención clara.

Proyectos chicos que vale seguir de cerca

Uno de los hallazgos del viaje fueron algunos proyectos de escala muy chica, poco conocidos fuera de la región y con distribución casi inexistente en Buenos Aires. Son productores que trabajan con volúmenes bajos, mucha atención al viñedo y una propuesta de calidad que no tiene nada que envidiarle a nombres más establecidos.

El problema —si es que puede llamarse así— es que su tamaño les juega en contra cuando quieren llegar a otros mercados. Llegar a la capital implica logística, precios que se complican y relaciones comerciales que hay que construir de cero. Mientras tanto, sus vinos circulan poco y se conocen menos. Vale ponerles el ojo encima ahora, antes de que el mercado los descubra.

Acidez natural como característica estructural

El clima hace su trabajo. Las noches frías frenan la maduración y permiten que la uva llegue a la cosecha con una acidez que en otras zonas hay que corregir en bodega. Eso se nota en los vinos: hay frescura, hay tensión, hay algo que los hace aptos para acompañar comida y para envejecer.

Lo vimos tanto en los tintos como en los espumosos de Agrestis, donde ese ejercicio de catar dos vinos idénticos —uno reposado bajo el mar, otro en lías en bodega— mostró que la acidez es el eje sobre el que todo lo demás se apoya.

El problema estructural: mano de obra y petróleo

Hay una cuestión que no se puede esquivar cuando se habla de la región. La mano de obra es escasa y cara porque compite directamente con la industria petrolera. Viedma, Neuquén, San Patricio del Chañar: el petróleo marca los salarios de referencia y la viticultura, que es trabajo intensivo, no puede sostener esa ecuación fácilmente.

No es un problema nuevo, pero sigue sin resolución. Neuquén registró en 2024 la mayor caída de superficie cultivada a nivel nacional, con una reducción de casi 300 hectáreas, equivalente al 16,3% de su área. El contexto económico y la competencia laboral con el sector energético forman parte de esa explicación.

El perfil sensorial: fruta, flor y piedra

Si hay algo que unifica los vinos de la región —más allá de las diferencias entre bodegas y entre proyectos— es un perfil frutal limpio, sin notas herbáceas, con algo floral en los blancos y en los pinots más jóvenes. Vinos de río y de latitud, como podría decirse: la piedra en el suelo, el agua del río. No es un terroir de suelos profundos ni de calor acumulado.

Hasta acá lo que me traje de este viaje a la Patagonia, en las próximas semanas seguirán notas específicas de cada bodega que visité.

Está claro que #LaCuevaVisitaPatagonia dejó una imagen bastante nítida de una zona que tiene identidad propia y algunos desafíos que no son menores. Salú!

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