En la historia del vino argentino existe una protagonista silenciosa que, durante décadas, cargó litros de vino y fue el centro de asados, ferias y bodegones. Sí, hablo de la damajuana, un recipiente de boca ancha y alma generosa que no solo transportaba bebida, sino también cultura y costumbres compartidas.

Fue la reina indiscutida de los hogares trabajadores durante gran parte del siglo XX, especialmente en las décadas del 70, 80 y principios de los 90. Sin embargo, su historia oscila entre la abundancia de la mesa familiar y una tragedia que cambió para siempre la industria vitivinícola nacional.

El origen del nombre: ¿Reinas o ciudades persas?

¿De dónde sale este envase robusto? Existen varias teorías sobre el nacimiento de la damajuana. Una de las leyendas más antiguas nos remonta al siglo XIV y a la Reina Juana I de Nápoles. Se dice que, tras refugiarse de una tormenta en la casa de un maestro vidriero en Francia, el artesano sopló accidentalmente un frasco demasiado grande debido a los nervios.

La reina, divertida, decidió bautizarlo como “Dame-Jeanne”.

Reina Juana I de Nápoles
Reina Juana I de Nápoles

Otras versiones viajan a México en el siglo XIX, donde la esposa de un vidriero habría inventado este botellón para simplificar la compra semanal de vino. También existe una teoría lingüística que señala a la ciudad iraní de Damghan como origen, cuyo nombre viajó por la Ruta de la Seda transformándose en damigiana en Italia y damagana en árabe.

Más allá del mito, el formato se impuso por una razón práctica: era fácil de rellenar, económico, resistente y reutilizable.

El símbolo de la mesa compartida

En Argentina, la damajuana se convirtió en sinónimo de vino popular. En una época donde no existía la cultura del vino premium y se bebía todos los días, el formato de 5 litros era el estándar. Se llenaba en la vinería del barrio o se compraba embotellada, generalmente con blancos, rosados o claretes.

Este envase quedó grabado en la memoria colectiva junto a jingles inolvidables como el de “Recero Sanjuanino”. Representaba lo sencillo y lo abundante: las rondas de truco, las peñas y el folklore gauchesco, llegando a ser mencionada incluso en el Martín Fierro.

1993: El año que cambió todo

La historia de la damajuana tiene también una página oscura que marcó su declive. En febrero de 1993, estalló un escándalo trágico: 29 personas murieron en Buenos Aires tras consumir vino adulterado con alcohol metílico.

El responsable fue el bodeguero sanjuanino Mario Torraga, dueño de marcas como Mansero y Soy Cuyano. Se comprobó que las damajuanas contenían hasta 200 veces más metanol de lo permitido.

Este hecho fue un punto de inflexión demoledor para la imagen del vino a granel.

La tragedia empujó a la industria vitivinícola argentina hacia un cambio radical: la búsqueda de la calidad, el auge de las botellas de 750 ml, el envasado en origen y el ascenso del malbec como bandera internacional.

¿Sobrevive la damajuana hoy?

Aunque su presencia actual está más ligada a la nostalgia que a la cotidianidad, la damajuana sobrevive en algunos rincones. En el AMBA, lugares como el Mercado del Progreso en Caballito aún las ofrecen.

Además, algunas bodegas boutique han comenzado a reivindicarla como un símbolo de sostenibilidad y estilo retro, utilizándola para ediciones especiales o venta directa en ferias.

Todo recipiente cuenta una historia. La de la damajuana es, sin dudas, la crónica de un país que alguna vez llenó la mesa con vino simple y compartido, y que aprendió a transformarse a través de sus crisis. Salú!

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